domingo, 29 de abril de 2007

DON ENSELMO.


La muerte de don Anselmo, que carecía de parientes, enfrentó a Ifigenia con varios problemas que ella no sabía cómo solucionar.Se le ocurrió telefonear a don Esteban. Tuvo que ir a una cabina telefónica. En casa se había suprimido este servicio hacía años, porque don Anselmo no tenía amigos a quién llamar y los que habían sido sus amigos, tiempo hacía que no tenían interés en comunicarse con él.Ifigenia recurrió a don Esteban, porque fue la última persona de la tertulia que dejó de visitar la casa y le dio la noticia, suplicándole que la ayudara porque la pobre mujer no sabía qué hacer en tales circunstancias.Don Esteban pensó que era necesario llamar a los antiguos miembros de la tertulia y telefo-neó a don Anto-nio, a don Roberto y a don Crisóstomo, citándolos a reunión en casa del difunto.Don Anselmo, nunca fue un hombre común. sDesde que aprendió a gatear, le gustó jugar solo, en silencio; era un niño que podía pasarse horas entretenido con sus juguetes, sin necesidad de compañía. Su abuelo estaba encantado de tener un nieto que no lo dis-trajera de sus lecturas y fue él quien se había empeñado en enseñarle a leer apenas terminaron las fiestas de celebración de los primeros cuatro años del niño. Lo inició con esos libros en que las ilustra-ciones son más dominan-tes que las palabras, pero esas pocas pa-labras el nieto las aprendió con increíble facilidad y a los pocos meses ya podía leer libros de cuen-tos impresos con llamativas tapas de cartón y letras grandes y sencillas, casi sin ilustraciones. Entonces, su aislamiento se hizo más notorio.También, a temprana edad, lo enviaron a un colegio para infantes y tampoco mostró interés por participar en los juegos de los otros niños; Anselmito, arrinconado en el patio, leía y leía, sin importarle otra cosa.No demoró mucho en aprender a escribir y, desde entonces, tomó el hábito de escribir resúmenes de lo que leía. Los fines de semana releía estos resúmenes de modo que, en su cerebro, iba acumulando conocimientos en forma portentosa y, al mismo tiempo, desarrollaba prodigiosamente su memoria, al extremo de poder repetir, casi textualmente, todo lo que había leído.Anselmito fue siempre el mejor alumno de su clase.Pero, para él lo primero era leer. Jamás se dejó seducir por sus com-pañeras de curso, pese a ser un joven muy atractivo; nunca se le conoció el más mínimo renuncio a sus lecturas para dedicarlos a alguna muchacha de su edad. Su ingreso a la Universidad, en este aspecto, tampoco trajo cambio alguno. Se inscribió en Pedagogía para seguir estrechamente ligado a los libros y a la lectura. Se tituló profesor de Literatura con las más altas calificaciones. Sin embargo, una circunstancia fortuita, le impidió llegar a ejercer su profe-sión. Ocurrió que, ese mismo año, falleció su única tía, de la que heredó una enorme fortu-na en dinero, acciones y edificios, incluso, la mansión en que vivía. Don Anselmo recién había cumplido los 24 años.Este inaudito golpe de fortuna, no modificó su estilo de vida, que era sobrio, casi ascético, aunque ahora podía darse el gusto de visitar las librerías y comprar todos los libros que le interesasen.En estos trajines por las librerías trabó conocimiento con don Esteban, también, profesor y gran aficionado a la lectura. En su casa, don Esteban, mantenía una tertulia con otras personas de gustos afines; don Anselmo se incorporó a la tertulia con entusiasmo, participando en las discusiones y mostrándose inflexible en sus opiniones. Dado que don Esteban no tenía más entradas que su modesto sueldo de profe-sor, él y los restantes tertulianos aceptaron entusiasma-dos el ofrecimiento de don Anselmo de efectuar las reuniones en la biblioteca de la gran mansión que había heredado.Todos eran personas de sólida cultura que disfrutaban discutiendo sobre todos los temas. Pero, la rigidez de las opiniones de don Anselmo alteraban el tono de los debates de la tertulia a tal extremo que ésta, a duras penas, se mantuvo unos tres años. La intransigencia del dueño de casa, agotó la paciencia de los contertu-lios que, uno a uno, desertaron. La soledad nunca había asustado a don Anselmo, quien siguió dedicando todo su tiempo a la lectura y a escribir sus resúmenes.Don Esteban debió hacerse cargo de los trámites funerarios. También la diligencia de Ifigenia dio con el abogado Julián Miralles, que se sumó al escaso cortejo que acompañó a don Anselmo, enterrado sin discursos ni coronas.Dos días después, el abogado Miralles citó a los amigos para escuchar las disposiciones del testamento. Estaban reunidos en la biblioteca, esperando la llegada del abogado.- Anselmo, ha sido el caso más singular que he conocido - empezó diciendo don Esteban-. En verdad, nunca supe de alguien que hiciera de la lectura la pasión y el objeti-vo único de su vida. Quizá era muy quisquillo-so, pero no me cabe duda de que era muy inteligente.- ¡No era inteligente! - intervino don Crisóstomo -; tú te dejas llevar por tu bondad. Bien mirado, Anselmo era un egoísta y un inútil: creía que solo era importante lo que él consideraba importante. Es claro que al manejar una enormidad de conocimientos, podía conversar y discutir inteligentemente. ¡Pero tal cosa no prueba que fuera inteligente!- Lo que sí tenía era una suerte descomunal - dijo don Antonio.- Yo diría que tuvo una tía descomunal - ironizó don Crisóstomo.Rieron un poco por el retruécano.- Tú, Antonio, lo criticabas porque nunca trabajó para nadie. Eso de no trabajar no es criticable - trabajar por un estipendio, quiero decir -, si se tienen los medios para vivir sin recurrir a los sablazos o a otros ejercicios parecidos. Lo digo por mí, que nunca he podido darme un gusto completo: siempre me ha fallado o me ha faltado algo.- ¡Así es la vida! - exclamó don Roberto. ¡Hay quienes pasan sus días mirando a la casa del vecino! Aunque sé que no es tu caso, Antonio.- Esteban, ¿sabe alguien si Anselmo era virgo?- Nunca supe si era Libra, Cáncer o Virgo; pero creo que Anselmo era virgen.- Curioso personaje. ¡Podía tenerlo todo y lo único que hacía era leer y leer! ¡No he logrado comprender por qué! Nunca aprendió a discutir: solo quería imponer sus ideas y, sin duda, era un buen argumentador.- A mí me encanta leer y aprender, pero como tú dices, Roberto, los conocimientos se mejoran con una sana discusión, pero no me gusta el que discute para tener siempre la razón. La exhibición de conocimientos, es una forma de soberbia y, creo yo, pasa a ser una forma de desprecio a terceros.
Don Anselmo
- Eso es muy cierto - dijo Crisóstomo - mientras encendía un pequeño cigarro de hojas.- Por otra parte - prosiguió don Esteban -, yo no rechazo otros atractivos de la vida, que los tiene, y muchos. Me gusta comer bien, beber un buen vino ... y meterme en la cama con una buena hembra ¿no están Uds. de acuerdo?- En la variedad está el gusto - dice el refrán de la sabiduría popular, y bien que lo sabes y lo practicas mi querido Esteban.- Miren Uds. Yo, por mi parte, tengo una teoría: Creo que las religiones han inventado el pecado, como una manera de combatir los vicios. Sin embargo, a mí me parece que los vicios son de las mejores cosas del buen vivir, pero, al mismo tiempo, pienso que lo peor de la vida es transformarse en un vicioso. Y, por favor, tomen en cuenta de que no solo catalogo de vicios al alcohol, el tabaco, o el juego; todo puede llegar a ser un vicio, incluso, el trabajo, el sexo, el comer, el arte o la política ... Si alguien se dedica a una cosa en exclusiva, si se hace dependiente de ella, como el drogadicto de la droga, se convierte en un vicioso. Nuestro Ansel-mo era vicioso de la lectura. ¿Y de qué le sirvió? ¡Ni siquiera para vivir medio siglo!- Me gusta esa diferencia que haces entre vicio y vicioso - dijo don Crisóstomo. Estoy de acuerdo con tu teoría y es más, te diré que ¡me gusta muchísisimo!En ese momento, apareció Ifigenia con una bandeja con pocillos de café, una jarrita de leche y un canasti-llo con galletas y almendra-dos.- He pensado que les gustaría un café para acortar la espera - dijo -, depositando todo sobre el escritorio.- Gracias, Ifigenia - dijo don Roberto. ¡Siempre he dicho que a Ud. no se le va ni un detalle!- Yo pienso lo mismo - dijo don Antonio. Y, por eso, quisiera preguntarle algo.- Ud. dirá, señor.- Nuestro amigo ya reposa en paz, pero ninguno de nosotros sabe de qué murió. ¿Nos lo puede decir Ud.?- El médico dijo que fue una anemia aguda, pero yo tengo otra idea ... que puede parecerles algo tonta.- Cuéntenos, Ifigenia.- Ya saben Uds. que llevo unos veinte años sirviendo en esta casa. Don Anselmo, cuando me contrató, me dijo: "Señora, todo lo que quiero en mi casa es sosiego y silencio; puede Ud. llevarla a su gusto. Hágame una lista de gastos y cada mes le daré un cheque: no tendrá que rendirme cuentas de cómo gasta el dinero. Yo necesito muy pocas cosas para mí".- Ifigenia, todos sabíamos que era un hombre raro; lo que nos dice no nos aclara nada - dijo don Esteban.- Siempre se alimentó muy mal; muchas veces la comida se le enfriaba y, otras, comía muy poco, porque nunca despe-gaba los ojos del libro que estaba leyendo, y se sabe que comer así no da provecho al cuerpo.- ¿Y de mujeres? - preguntó Roberto.- ¡Nunca supe de ninguna! Ya les digo que lo único que hacía era leer.- ¿Y no salía a calle, a pasear?- No, desde hace añoss. Cuando venían Uds. ya los libreros le enviaban los catálogos, él escogía los libros y yo se los iba a buscar.- Pero, Ifigenia - ¡Todavía no nos ha dicho de qué murió! - exclamó Ronerto.Don Anselmo
- Desde hacía meses, apenas le daba unos mordiscos al pan; pero nada de comida: ¡Yo creo que murió de hambre! Todos la miraron, incrédulos, pero no alcanzaron a hacer comentarios porque en ese momento llegó el abogado Miralles, quien, muy circunspecto, pero con prisas, dio lectura al testamento de don Anselmo Flores: Legaba sus bienes para crear una Fundación dedicada a la Lectura. La Fundación debería ser administrada por sus amigos de la antigua tertulia y don Esteban sería el Presidente. Establecía que se debían liquidar todos los bienes inmobiliarios; parte del capital estaría destinado a financiar la transformación del palacete para dotarlo de cómodas Salas de Lectura; el resto se invertiría en bonos del Estado, cuyas utilidades servirían para el financiamiento de todos los servicios. Ifigenia, a la que se le reservaban algunas habitaciones, era nombrada administradora del inmueble, de por vida.Ifigenia había acertado en su pronóstico. El cadáver de don Anselmo no pesaba ni 35 kilos cuando lo depositaron en el ataúd. ¡Había castigado su organismo más duramente que un asceta hindú! El parte médico certificó una anemia aguda.Al enterarse de su contenido, don Esteban, exclamó:- ¡Un hombre tan rico murió del mal de los niños del Tercer Mundo! Y permítanme que utilice este caso para reafirmar mi teoría: ¡Anselmo, murió porque era un vicioso de la lectura!

LA RAZÓN DEL VINO.


Las tierras del abuelo, situadas en los faldeos cordillera-nos, no eran generosas en sus rindes y los desniveles obligaban a grandes esfuerzos en los trabajos de prepararla para la siembra. Junto a las casas, las viñas abarcaban poco más de tres hectáreas, lindantes con un bosquecillo de fieros espinos, chatos y ralos, detrás del cual se extendían unos terrenos de pasto duro y seco, del que se alimentaban ovejas y cabras; más allá, unas lomas trigueras y una quebrada por cuyo fondo corría un arroyo que regaba, en el bajo, unos potreros de pasto verde para caballares y vacunos. ¡Tierra inhóspita que cobraba caro el salario de ali-mentar y dejar vivir, pero nada más!Todos los años pasaba mis vacaciones en estos lugares. Ese verano, muerto el abuelo, debía hacer una visita de cortesía a don Esteban Navarro, su vecino; me acompañaría Segundo, hijo de nuestro mayordomo.La primera vez que vine a estas tierras, le pedí a Segundo que ensillara mi caballo. Me dijo:- El jinete debe ensillar su animal, ¿es que no sabe ensillar?- No con éste tipo de montura - contesté.- ¿Y qué le enseñan en la escuela, entonces?No había ningún dejo de ironía en su pregunta.- Muchas cosas: matemáticas, geometría, biología, inglés.Guardó silencio. Seguramente, nunca había oído esas palabras.Y se dispuso a la tarea de ensillarme el caballo. Primero colocó un saco pelero, luego el abatanado y la montura, y encima un pellón de oveja cruzado por la cincha. Era muy hábil. Metió el hombro por debajo del pescuezo del animal y dándole unas palmadas en el antepecho, lo hizo retroceder.- Este pingo es un diablo - comentó -, se hincha para que no le apriete la cincha; por eso lo hago moverse, ¿se fijó?- No, Segundo, no me di cuenta.Montamos para iniciar nuestro camino. Llegamos hasta los lindes de las tierras del abuelo para enfilar rumbo hacia las casas de los Navarro. Poco antes de llegar, el muchacho me comentó: - ¡Es bien raro el caballero éste!Esteban Navarro era un hombre alto, de cuerpo grueso y pesado; me pareció que su cabeza era demasiado pequeña para armonizar con su corpulencia. Su rostro era desa-gradable, la boca casi una línea y los ojillos escondidos tras una tupidas cejas, parecían estar al acecho de algo. Hablaba a gritos, tratando de imponer autoridad.- ¡Así que Ud. es el nieto de don Manuel! - exclamó.- Sí, don Esteban,- dije, alargándole la mano, y agregué-, Mucho gusto.- ¡A ver! - Traigan vino para festejar a la visita.- Si no es molestia, don Esteban, preferiría chicha.
La razón del vino
- Dicen que la chicha refresca el hígado - comentó. Yo prefiero el vino; es más trago. ¡Que sea chicha! - ordenó.Un hombre joven y silencioso trajo una jarra de chicha y otra de vino tinto. Don Esteban se sirvió vino. Alzó la copa para mirarlo al trasluz, lo pasó bajo sus narices olfateando el olor del orujo. En el campo todo el mundo dice que en el ollejo de la uva el sol templa el sabor de los mostos.- ¡A la salud de los ausentes! - brindó.Bebió un largo sorbo, abriendo las mandíbulas y ahuecando la lengua para que el vino bañara toda la cavidad bucal. Lo saboreó antes de dejarlo deslizarse por la garganta; al final, chasqueó la lengua y se restregó los labios con el dorso de su mano izquierda.Ese día, Navarro había regresado más temprano que de costum-bre, y con hambre. De la alacena sacó media tortilla de rescoldo, queso de chanco y vino. Se sentó a comer y a beber. El vino le dejaba en la boca rastros de tanino, lo que aumenta-ba su sed y lo obligaba a beber largos tragos. Tenía la jarra a mano para rellenar el potrillo, un vaso ancho, de color verde, y en el silencio reinante oí el sonido cantarino del líquido al caer. Algunas gotas salpicaron la mesa y el hombre las escurrió, con sus dedos gordos, como si quisiera incrustarlas en la madera.Luego de beber, lanzó al aire un suspiro, que lo mismo podía ser una queja, y se sumió en una total inmovilidad. Uno podía suponer que su estatismo se debía a que algo muy doloroso le calaba el alma y que su espíritu estaba aplastado por una profunda angustia. En el momento de nuestra llegada, llevaba varias horas bebiendo; por eso, tal vez, no hizo esfuerzo alguno por entablar una conversación, y solo dijo en una oportunidad:- ¡Sírvase más, joven! No sea corto de genio.Al despedirnos, me estrechó la mano con fuerza mirándome a los ojos, larga-mente, sin decir nada.- Cuando agarra trago, no lo deja en varios días - me dijo Segundo. Pasaron varios años, de esos años a los que llamamos monótonos, porque parece que no ha sucedido nada. Sin embargo, durante ese lapso yo había terminado mis estudios del colegio y ahora cursaba tercer año de Derecho en la Universi-dad. Pero, todo cambió bruscamente. Mi padre murió en un accidente automovilístico. Yo era el hijo mayor y estaba obligado a cuidar de mi madre y de mis hermanos menores; además, debía terminar mi carrera. En consejo de familia, se decidió que había que vender las tierras del abuelo para contar con un dinero que financiara nuestras vidas hasta que yo finalizara mi carrera; pero queríamos vender a quien mantuvie-ra en su trabajo a Pedro, nuestro fiel administra-dor. Esta condición que dificultaba la venta; pero, finalmente, encontré un comprador. Viajé al campo. Pedro, que no puso trabas, solo dijo:- Ojalá sea un hombre bueno, como Ud. dice. ¡Aunque nunca se sabe, verdaderamente, cómo son las personas !- Pedro, le aseguro que es un buen sujeto.- Si Ud. lo dice, yo le creo. Pero, mire lo que pasó con don Esteban Navarro, ¡que parecía tan hombre!
La razón del vino
- ¿Navarro, el vecino borracho? - pregunté, evocando aquella silueta de gigante, de la que casi me había olvidado, ¿qué pasó con Navarro?- Güeno, que el Toño se acriminó con él.- ¿Y cuándo sucedió eso, Pedro?- Ya van para cinco años ...- ¿ Y cómo fue?- Es una historia larga y se cuenta según se mire - dijo en tono despectivo. Y agregó: - El Segundo la sabe bien.Segundo se había transformado en un mocetón, que se mantenía soltero.- El jutre era un mariposón - me dijo, derechamente.- ¡No es posible! ¡Ese tremendo hombronazo!- Bueno, era lunático y le daba a los dos lados. Debido a eso, el Toño se lo cargó.Me vino al recuerdo aquélla lejana tarde. Reviví la escena en todos sus detalles. La forma en la que el hombre bebía, su inmovilidad. Recordé haber pensado, entonces, que me pareció que algo muy angustioso atenazaba su espíritu, y le obligaba a beber.- ¿Toño era el que me sirvió la chicha?- Seguro, desde que volvió de las minas trabajaba para don Esteban.- ¿Y Toño también era maricón?- No, patrón, no - se apresuró a decir Segundo. ¡Dése cuenta de que él era el entrante! ¡El jutre era el mariposón!Entonces me enteré de que en el campo la homosexualidad solo marca, desde-ñosamente, al que desempeña el rol de mujer; por el contrario, el otro actor, acrecienta su reputación de virilidad. Así lo entendía Segundo.Me propuse averiguar detalles del crimen, de su desarrollo.Fui al Juzgado y con el pretexto de ser Licenciado en Derecho, pedí autorización para revisar los legajos y compararlos con las versiones de los campesinos.Esta es la historia registrada en el juzgado:Esteban Navarro, cada cierto tiempo, bebía durante varios días, como un deses-perado, hasta que ya no podía controlar el deseo de ser poseído sexualmente.En el interrogatorio, Toño había declarado:- ... tomaba y tomaba hasta que se le pasaba la sopaipilla. A mí me daba licor juerte, que me calentaba la sangre.Un día me preguntó cómo se arreglaba la cosa en la mina si no permitían la presencia de mujeres.- ¡Aguantándose! - le contesté.Y entonces me preguntó si lo hacíamos entre hombres. Le dije que sí, pero sólo cuando apuraba la causa. Ahí jué cuando me lo pidió; yo estaba con muchos tragos encima. Al día siguiente me mandó al pueblo a entregar una carretada de trigo.Desde entonces, cada vez que se emborrachaba y pasaba eso, al día me mandaba al pueblo con algún encargue - terminó declarando Toño.La última vez, ya iba para cinco años, a mitad de camino, Toño se dio cuenta de que había olvidado la papeleta de tránsito y tuvo que regresar al fundo para recogerla. La razón del vino
Al entrar en su rancho, sorprendió a don Esteban haciéndole el amor a la Rosa, su mujer. El asombro lo paralogizó unos instantess, no obstante, pero al momento supo lo que tenía que hacer. Sin embargo, al coger la echona algo cayó al suelo alertando a la Rosa, que lanzó un alarido de terror. Pero ya Toño clavaba una y otra vez la filosa herramienta en la espalda de don Esteban hasta causarle la muerte. El cuerpo del hombre protegió a Rosa, que estaba desnuda y no sufrió daño alguno.Así fue como Toño se enteró de que, evaporado el efecto del alcohol, después de cada noche de mariposón, don Esteban, queriendo sentirse macho, lo convertía a él en cornudo.