domingo, 29 de abril de 2007

DURA LEX.


El incorporarse al ambiente universitario no le resultó fácil. Durante varios días estuvo desorientada. El ambiente estudiantil, en medio de centenares de alumnos, era más impersonal. Además, debía habituarse a escuchar a los profe-sores a distancia, porque dictaban las clases en la parte baja del aula, lo que solo le permitía oír las voces con las tonalidades metálicas de los altavoces, y ella estaba acostumbrada a mirar a los ojos a sus profesores para captar los gestos de sus rostros y, así, medir la intención de sus frases.En la fiesta de recepción, lo vio por primera vez. Se impresionó con su estatura y el aire de seriedad que transmitía. Vino directamente a ella:- ¿Estás sola?- Sí.- ¿Quieres compartir conmigo?- Con mucho gusto.Le sedujo su espíritu decidido, porque necesitaba relacionarse con alguien que conociera la vida universitaria, y él era alumno del tercer año. Le explicó que el comportamiento un poco salvaje y el lenguaje demasiado libre de los alumnos, muchas veces, no era otra cosa que una forma de defenderse. Ella, desde el primer momento, supo que era un muchacho distinto: no se sintió asediada como con otros alumnos. Se entendieron bien. Le resol-vió varias dudas y le dio oportunos consejos; ganó su confianza y la hizo sentirse cómoda. En pocos meses esta afinidad creció.La muchacha asimilaba con facilidad porque estaba atenta a todo, y su mente era despierta; solo necesitaba acos-tumbrarse a la vida universitaria para formar sus propios juicios. El vivía en el sótano del edificio, pero tenía entrada independiente; había que bajar media docena de peldaños, resguardos por una reja doble, una especie de macetero mural en el que crecía una madreselva.
Se trataba de una sola habitación con un pequeño baño y una cocinilla de butano; un catre antiguo, de hierro, un sillón desvencijado y un par de sillas; en la pared del fondo, una tablas montadas sobre blancos ladrillos colmena, formaban una biblioteca rústica para amontonar muchos libros.La primera vez que lo acompañó, el desorden era completo: sobre la cama había camisas, calzoncillos y calcetines, que esperaban ir a la lavadora, y desparramados por el suelo, varios tipos de zapatos y zapatillas. Al otro lado de la pared estaban las instalaciones de la calefacción del edificio, lo que ayudaba al secado de las ropas. Todo el am-biente era obscuro, porque la única luz natural venía de un venta-nuco que daba a la calle y por el que solo se podía ver hasta las pantorrillas de los viandantes.Se empeñó en poner orden en ese caos.
Había lugar para todo y la limpieza no demandaba mucho esfuerzo. Él, tendido en la cama, la dejaba hacer, y se maravillaba de la facilidad y rapidez con que ella trabajaba.- Hay que hacerlo todos los días, como un hábito. De este modo, te resultara más agradable pasar las horas aquí, estudiando.Él prestaba servicios en un consultorio gratuito de un barrio popular, desde hacía dos años. Sus experiencias no eran muy estimulantes.- Nos machacan - decía - conceptos que no tienen asidero en la sociedad actual, en la forma de vida de hoy. Te dicen: La ley es esencialmente justa; la Justicia es igual para todos.- Pero eso, es así. La justicia es igual para todos, ¿verdad?- Yo ya no estoy seguro. Es lo que trato de explicarte. Mira, nuestra profesión está envuelta en neblinas y nadie parece querer que se despejen. Te has preguntado alguna vez: ¿Qué es un fiscal de una empresa? - No lo sé; dímelo tú.- Es un abogado cuyo papel es torcer la nariz de la ley nueva; mientras más triquiñüelas conoce y aplica, más fama adquiere, y más dinero gana. Por eso, todas las grandes empresas tienen equipos de abogados y un fiscal.- Pero, las leyes se van adecuando a las necesidades de la sociedad.- No lo niego, pero el fiscal procura que prime la antigua ley sobre la nueva.- ¡Me parece que te estás olvidando de que hay jueces!- ¿Cómo olvidarlo? ¡Los he visto actuar! Dime, ¿qué es un juez?- El encargado de impartir justicia, ¿no?
- ¡Esa es la teoría! Es un hombre que juzga de acuerdo a su saber y entender, pero ¿crees, acaso, que por ser juez, no tiene ideas políticas ni religiosas, ni tiene sentimientos o no lo enfurece el resentimiento si se siente postergado? ¿Un juez no tiene virtudes y defectos, como todos los hombres? ¿No le duelen nunca las muelas ni la cabeza, no tiene e-streñimientos o diarreas, no es posible que su mujer lo engañe o lo regañe, o ser padre de un hijo drogadicto? Si tiene parte o todo eso, ¿no pesará en su espíritu cuando dicta sentencia? Y, si es así, ¿cómo puede ser justo si aplica con justeza una ley injusta?- Nunca pensé en todo eso que me estás diciendo.- Fíjate. La gente pobre también son seres de carne y hueso. Entablan juicios debido a que los poderosos no respe-tan los derechos de los débiles. Los poderosos se saltan la ley en beneficio propio, bien protegidos y aconsejados por abogados muy bien pagados. Es difícil luchar contra lo establecido. Lo dicen las esta-dísticas: los pobres ganan muy pocos juicios.- ¡No me lo habría imaginado!
- Yo tampoco, pero déjame contarte un par de anécdotas. - Dime.- Hace poco vino al Consultorio una mujer que está legalmente muerta. Estaba casada con un hombre de cierta edad; tenían riñas por celos porque él es un insaciable sexual y actuaba como si cada vez fuera su última oportunidad. Abandonó a su mujer por una muchacha más joven, pero su amante quería matrimonio, cosa que el hombre no podía ofrecerle, porque al seguir casado cometería bigamia Sin embargo, alguien que conocía de leyes, le aconsejó que publicara anuncios en los diarios de provincias limitrofes pidiendo datos sobre su mujer y explicando que faltaba de su hogar desde hacía casi un año no tenía ninguna noticia de ella. Así pudo obtener la declaración legal de muerte presunta.
Pocos meses más tarde, su nueva mujer, joven y ambiciosa, le abandonó. El sujeto volvió a su antiguo hogar y tuvo otro hijo con su mujer. La madre al presentarse para cumplir con la exigencia legal de inscribirlo en el Registro, se encontró con la novedad de que ella estaba muerta, puesto que así constaba en los mano-seados libros. - No te creo.- Créeme. Le negaron el derecho a cobrar asigna-ción legal por su nuevo hijo, mientras no probara ante las leyes que estaba viva. ¿Qué te parece? ¡Una mujer muerta había dado a luz a un robusto varonci-to! - ¡Increíble!- Lo mismo me pareció a mí.- ¿Y cómo se las arregló? - Para que la pobre mujer probara que estaba viva, debía disponer de dinero y mucho tiempo para someterse a los papeleos, trámites y diligencias judiciales, porque en derecho un documento público, sólo puede ser anulado por otro documento público, otorgado por la autoridad competente.- ¡Me cuesta creer lo que me cuentas!- ¡Es totalmente verídico!- ¿Y el otro caso...?- Es casi peor. Se trata de un alcohólico. Hace trabajar a su mujer y la amenaza con suicidarse si no le entrega el salario semanal para emborracharse a gusto; dos veces lo han descolgado de una viga. ¡El matri-monio tiene ocho hijos!Guardó un profundo silencio, rumiando todos esas experiencias. Ella entristecida, se recostó a su lado.
Encendió un cigarrillo y el cuarto se llenó de aroma del tabaco rubio; también la muchacha quiso fumar, pensando que el humo pudiera ser un hilo que uniera sus pensamientos. Entonces, él le preguntó:- ¿Sabes por qué han tenido tantos hijos?- Porque él es un borracho.- Sí, también por eso, pero lo principal es que es gente ignorante: nadie les ha dicho qué deben hacer para evitar tener tantos hijos que no pueden alimentar. Y, si son católicos, es peor ya que la Iglesia está en contra del aborto y de la planificación de la familia.Ella, muy bajito, le murmuró:- ¡Yo no soy ignorante; sé cómo evitarlo y quiero ser tuya! ¡He traído un preservativo!Fue la primera vez que hicieron el amor y se sintieron contentos. El le confesó que la quería, que contaba con ella para su futuro. La muchacha se sintió muy feliz y lo abrazó con todas sus fuerzas.Durmieron profundamente durante la tarde, los cuerpos desnudos, entrelazados.

LA MÉDIUM.


El ambiente de misterio la había rodeado desde niña. Su madre, al enviudar, solo heredó unas cuantas deudas de su marido y una hija pequeña. Doña Elena había sido educada para un destino preciso: el matrimonio, o lo que es lo mismo, sabía cómo llevar una casa, pero no cómo ganarse la vida. En las reuniones sociales doña Elena gozaba de muchas simpatías porque tenía una gran facilidad para tirar las cartas y leer las líneas de la mano, y a ella le divertía hacerlo con sus amigas. Al enviudar, decidió probar su propia suerte con esas artes y convertirse en pitonisa. Transformó la sala de recibo en su gabinete de trabajo; tapó las ventanas con gruesas cortinas negras, pintó las paredes de rojo obscuro, dibujando en ellas con pinturas doradas los signos del zodíaco, ins-taló una iluminación indirecta y agregó otros detalles, todos, destinados a crear una atmósfera de misterio.El siguiente paso fue pedir a sus amigas que le enviaran clientes. En todas las sociedades hay cientos y miles de personas que quieren conocer, por anticipado, lo que les depara el futuro. Es curioso saber que los políticos son muy buenos clientes y que muchos programan visitas mensuales a su augur favorito. Doña Elena era metódica y este hábito la llevó a confeccionar ficheros con las actividades presentes y pasadas de sus clientes, que le servían de ayuda memoria antes de hacerlos pasar a la consulta.- No creas, hija, que esto es tan fácil.- ¿ Y qué pasa si no aciertas, mamá?- Sería malo, porque mermaría mi prestigio. Por lo menos, tienes que acertar en parte de tus predicciones. Son los propios clientes los que te hacen propaganda, si aciertas.Con el tiempo, doña Elena volvió a tener su círculo de amistades, pero, ahora, ella las escogía cuidadosamente para organizar reuniones con gente que vivía de, para y por el mundo de la magia.La vieja casa se fue empapando de todo ese misterio, de una forma de vida que no parecía terrenal y en la que hasta los crujidos de las maderas se interpretaban como el paso de los duendes. En el patio surgían fuegos fatuos, que se confundían con los ojos de la media docena de gatos de doña Elena, que pasaba sus ratos libres leyendo la increíblemente abundante literatura de la adivinación. Ella misma ya estaba totalmente convencida de que no había ficción ni superchería en sus predicciones.En una de esas reuniones conoció a don Rafael, un espiritista de mucho prestigio y fue él quien le propuso organizar una sesión para probarla como médium. Doña Elena aceptó, entusiasmada.El grupo lo formaban cinco personas. Un joven de modales nerviosos, con tic de conejo, ya que respingaba la nariz a cada instante: Quería un tratamiento para una hermana enferma, declarada incurable por la ciencia médica. A su lado, se sentaba, una mujer de cara muy pálida y profundas ojeras, como las viejas heroínas del cine mudo; seguía, un hombre gordo, de color cetrino, que parecía enfermo del hígado y, por último, el espiritista que haría dormir a la médium; alto y huesudo, con una cara alargada, que lucía un bigote ralo y lacio cerrando una boca muy carnosa.
La médium
Pidió que apagaran las luces, y dijo:- Dejen sus mentes vacías y pongan su voluntad solo en llamar al espír.Se sentó frente a la viuda y mirándola fijamente en los ojos, pronunció algunas palabras ininteligibles.Pasados unos quince minutos pidió que encendieran las luces y declaró que doña Elena no tenía condiciones para médium. La noticia le cayó a la pitonisa como un balde de agua fría; había cifrado espe-ranzas en esa nueva veta para ganar dinero. Y, entonces, se le ocurrió llamar a su hija, que nunca había participado en estas reuniones. El espiritista la observó atentamente.- El que tenga los ojos más separados de lo normal es importante, muy importante.Todo volvió a repetirse. La muchacha se sentía nerviosa, pero, de inmediato, la voz grave del hombre creaba un clima de tranquilidad. Los asistentes, al rato, sintieron que algo especial flotaba en la semipenumbra de la habitación. Lo último que recordó la muchacha fueron esos ojos acuosos que la miraban fijamente, envolviéndola y sumiéndola en una atmósfera diáfana, pura. Creyó que solo había cerrado los ojos por breves momentos, pero se había dormido casi una hora. Al despertarla y encender las luces, parpadeó rápido, muy rápido, para ajustar su visión.El grupo estaba profundamente conmovido.Todos reflejaban una gran ansiedad, aunque trataban de aparentar tranquilidad; en cambio, el hombre que la había hecho dormir estaba feliz, radiante. Con extrema delicadeza le preguntó si se sentía nerviosa, si se sentía extraña, si estaba cansada. Solo entonces la invadió el cansancio y un irresistible deseo de dormir.El espíritu que había venido de lejos era el de un médico alemán, muerto hacía más de cincuenta años. El hombre que la hizo dormir le mostró varios papeles escritos en alemán y le dijo que ella había realizado un trabajo espléndido. No lo pudo creer. Ella no hablaba alemán, no sabía ni una palabra. - Yo no he hecho eso; esa no es mi letra.- No lo hizo Ud., niña; lo hizo el espíritu que la visitó.Todos le aseguraron que ella había escrito esos papeles. Se miró las manos y comprobó que tenía los dedos manchados de tinta verde, del mismo color de la escritura.El hombre que la había hecho dormir sí que sabía alemán y se puso a traducir los mensajes, que describían la enfermedad - un tumor pegado a la columna vertebral, lo que explicaba que no se reflejara en las radiografías - y el tratamiento para su cura.No lo podía creer. No era posible que ella, dormida, se pusiera a prescribir un tratamiento para una enferma declarada incurable. No hablaba alemán, jamás estudió Medicina ni siquiera había logrado el puntaje para ingresar a la Universidad. ¡Solo ella sabía lo que le había costado titularse de Decoradora! Sin embargo, todos aseguraban que ella lo había hecho.- No es tan fácil encontrar una médium tan buena como usted, señorita -le dijo el espiritista-. Todos estuvieron de acuerdo.- Se posesionó muy fácilmente y manejó al espíritu con soltura de veterana - continuó diciendo el espiritista -.
La médium
Doña Elena, propuso organizar otra sesión.- Estoy de acuerdo- dijo don Rafael. Puede ser la próxima semana y trataremos de conectar con un espíritu diferente. Así podríamos tener más indagaciones a nuestra disposición.- Me siento muy cansada - dijo la médium.- Es natural. Ahora, será bueno que vaya a descansar. Beba un vaso de leche y trate de dormir.No pudo hacerlo. Se sentía embotada y un dolor cansado le recorría el cuerpo. Entonces, una idea se posesionó de su mente: algo se había roto en ella para dar paso a un fluido ultraterrestre que la dominaba y le producía una lasitud que nunca antes había experimentado. La muchacha, enamorada de un joven estudiante, había iniciado una completa vida amorosa pocos meses antes y, ahora, el placer sexual que la había encumbra-do hasta el éxtasis, se derrumbó. Su amante fue el primero en notarlo.- A ti te ocurre algo que no me agrada. Hacíamos el amor como una pareja que se gusta y busca su placer. ¡Ya no es así! Te noto distante, ya no participas como antes; te dejas estar, como obligada. - Es que estoy cansada.- ¡No sigas con esas sesiones de espiritismo!- No puedo, me reportan buen dinero.Y terminaron rompiendo.Ella no podía decirle que el orgasmo sexual que él le había hecho descubrir y que le había proporcionado momentos de tanto placer, era poca cosa si lo comparaba con el nuevo mundo en que vivía: cada sesión la llevaba a universos diferentes, inimaginables. Los días señalados para descansar de las sesiones de espiritismo, los dedicaba a ir a la piscina y durante horas y horas, quedarse flotando en el agua, respirando acompasadamente para mantenerse en la superficie, con los ojos cerrados y ajena a todo lo que sucedía en el mundo circundante.